Heme aquí.
De condón, de Gene Simmons, de terrorista, de microbusero, de puberto de escuela pública. Todos mis disfraces anteriores han tenido sus dosis de dedicación y cariño, pero esta vez el ímpetu llegó al siguiente nivel.
La tradicional Inphiesta llegó a su versión 3.0 con bombo y platillo. El tema fue Ochentera. Y la aclaración era, facha ochentera o personaje ochentera. Como el look Flans (y sus equivalentes masculinos) me parecen sencillamente fastidiosos, convoqué a una lluvia de ideas para elegir avatar. Las propuestas transcurrieron desde lo técnicamente inviable (Pistachon Zigzag y Patas Verdes), lo socialmente no conveniente (Cepillín), hasta lo definitivamente inoportuno (mi mamá sugerió Chispita).
Después de días y días de reflexión, las opciones se redujeron a a) Pitufo o b) Uniforma cruzazulino de los 80. Pero, ¿por qué quedarse con una sola cosa cuando se puede tener todo? La solución= a+b.
Como siempre sucede, dejé hasta el último momento la (no) planeación de mi disfraz. Y por alguna razón pensé que sería fácil pintarme como Pitufo. En esa ligereza, a unos días del evento, me recomendaron una bodypaintera profesional. Digo, si ya voy a hacer el ridículo… pues que ya sea a lo grande, ¿no?
Cita en mi casa, sábado 3:30. Llega Irma con un estuche como de payasito de fiesta, con brochas, pinceles y pinturas. Bajo estricta recomendación de mi señora madre tapizamos la alfombra con periódico, me quedé en chor y dejeme pintarrajear.
Mil dudas atañen mi ser. ¿Se quita con un baño? Sí. ¿No me va a tapar los poros? No. ¿Puedo hacer payasadas mientras me pintas? Sí. Irma comenzó por la parte anterior del torso. Flashback a mi niñez, cuando me aterrorizaba ver el comercial que promocionaba Cats, porque pinchurrientos gatos me parecían espantosos con todo ese maquillaje. Y ahora ahí estaba yo, a merced de la brocha, jugándole al artista y disfrutando como enano.
Irma resultó no sólo ser una gran bodypaintera, sino también una confidente excepcional y fotógrafa con inventiva . Cuando llegó a la parte de los oclayos, supo que para delinearlos tenía que engañarme con un dulce o algo así. Mérito de ella aguantar a la nenita.
Cuando uno tiene pintado 90 por ciento de cuerpo, el personaje se infiltra porque se infiltra. Y como a eso de hacerle a la mamada no se me da, pues… ¿por qué no bajar a calle y compartírselo a la ciudad?
Salí, y cual botarga pagada empecé a saludar desde la banqueta. La gente, maravillada. Me tocaron el cláxon, bajaban los vidrios para tomarme fotos con el celular, me gritaron ¡Arriba el Cruz Azul! (a huevoooo putos). Irma seguía capturando cada escena de lo ocurrido. Se me ocurrió cruzar al camellón de Río Mixcoac. Ahí seguía con la galería de pendejadas, cuando empecé a escuchar ladridos.
Reaccioné. A ver pendejo, si tú ves un gigante azulado, ¿no te extrañaría y correrías a cotorrearlo? Pues eso pensó un pinche labrador que con súbita rabia se encarreró hacia mí. Tenía una de dos, quedarme ahí como pendejo hasta que me mordiera mis instintos, o echarme a correr. Y pues, a derecha de escena. Fueron unos cuantos pasos de cobardía, cuando reaccioné y apelé a la ley de la selva. Quietooo canino. Para entonces los dueños del perro, Irma y tres mirones estaban cagados de la risa con la escenita. “Es que se espantó...”. Chinga tu madre tú y tu espanto. Recogí mi dignidad y me puse a dirigir el tráfico. Unos hasta me aplaudieron.
Procedimos a ir a la Comer por tequila. Irma, de copilota y buen samaritano, me recordó que podría causar un shock cultural si entraba al súper a comprar pitufresas así como si nada. Así que me quedé en el estacionamiento, de donde recuerdo dos capítulos. Una señora manejando baja su vidrio y dice “Mira hijo, el Monstruo Azul”. ¿Monstruo azul? ¿Tres horas de arte… y monstruo azul? Na mams. Acto seguido, un señor… “mira hija, el Señor de Azul”. Bueeee… no está tan denigrante pero el señor es pendejo. ¿El señor de azul? ¿Cree acaso que me pinté y salí a la calle con solo shorts y tenis para ser el señor de azul? ¡Chingada madre soy pitufoooo!
Ya en la Inphiesta fue un cotorreo. ¿Qué Pitufo eres? No, pus… Fortachón definitivamente no. Vanidoso igual y sí, pero la lonja me contradice. Filósofo, creo que no era el momento. Así que creamos nuevas categorías. Pitufo entrometido. Pitufo castigador. Pitufo comedor de tacos al pastor. Indiana Jones me sometió sin piedad y Rocky me acomodó unos catorrazos. Ya después del desmadrito, me puse mi playerita y llegamos al a+b= Pitufo Cruzazulino.
Llegué 4:30 a mi casa directo al baño. Chíiiingate a quitarte toda la pintura. Y sí, si se quita, pero hay que tallarle. Aún tengo restos de mis horas como Pitufo detrás de las orejas, debajo del bigote. Ya le tallaré. Con todo y el jelengue, vivir de azul, quitarme un trauma y hacerle a la mamada, bien valen la pena.
Todas las fotos del proceso en (dirección por definir, consulte al rato). Aquí le regalo un fragmento del debraie (¡Al fin aprendí a empotrar los videos como en los blogs pros!).
Para Irmita, quien aguantó estoica todos los pasajes del azul jaloneo.