Tuesday, March 10, 2009

Por aquí pasó Briseño...

En La Casa de la Bugambilia, me he venido a enterar de un chorro de cosas relacionadas con mi familia. Muchos datos que se podrían traducir como los 'behind the scenes' de eventos que había vivido, pero de manera líneal. Acá, mi tía principalmente, me ha contado ene anécdotas buenísimas, sobre todo de un elemento que ni siquiera conocí.

Mi abuelo Heliodoro es un personaje misterioso, casi mítico. El u.n.i.c.o. de mis cuatro abuelos que nunca vi en persona. Esposo de mi abuela Carmen, del lado paterno, es el papá de mi papá, y probablemente el génesis y explicación absoluta de tantas peculiaridades y traumas que acarrea la familia Briseño. 

Hombre de pueblo, ranchero hidalguense, dicen que al abuelo Heliodoro le iba rebien, bastante bien. El negocio era una panadería, que arrojaba ganancias bastante respetables, y que daba para que él, mi abuela, y sus 8 hijos tuvieran una vida, digamos, decente. 

Vengo enterándome de que, al igual que Afif, a Heliodoro le gustaba andar impecable. Manejaba el traje, la camisa almidonada y lo que se conoce como la gomina. Ah, y se bañaba en loción. Tanto, que sus acreedores, los (y las) que lo buscaban, sólo tenían que andar por sus caminos para olfatearlo y decir "Por aquí pasó Briseño..."

El asunto es que al abuelo le gustaba la buena vida. Pero LA buena vida. De repente agarraba y se iba pa'la ciudá, sin itinerario, hospedaje, ni mucho menos día de regreso. Bueno, sí había fecha: cuando se acabara el dinero. Le jugaba fuerte, tomaba como los grandes, y bueno... era un galán hecho y derecho. Mi abuela siempre lo supo, y hasta hoy en día mi papá y tíos entienden la existencia de una extensa ramificación familiar cuyos límites realmente son desconocidos.

Por supuesto, la buena vida es buena hasta que decide cobrarte el placer. Así que vino el inevitable declive, la crisis subsecuente, la escasez monetaria, y la necesidad de todos sus hijos de emigrar a la Ciudá. También él, pero ya no para andar porai, sino para ser cuidado de una maléfica diabetes que le quitó la vista en una todavía considerable juventud.

Como últimamente he estado conviviendo mucho con mi abuela Carmen, he escuchado más pasajes de él en el último mes, que en los 27 años anteriores de mi vida. Me queda claro que fue un tipo que dejó huella, para bien y para mal. Pero mi abuela lo sigue añorando discretamente, aun sabiendo que su legado no fue exclusivo. Le queda claro que nadie compartirá por completo su visión. Pero tampoco le acongoja, porque seguramente ella era la voz más enamorada de un coro que en automático sabía cuándo decir: "Por aquí pasó Briseño".


Para los Briseño de mi generación. Una pequeña manera de entender lo inentendible.

4 comments:

José Antonio said...

Me encantan ls historias de abuelos, y esta es una muy buena.

Salud por Helio que pasó por este Bló

La reina de la vacación said...

Me encantó este post... con ganas de echar lagrimita por ese abuelo mito leyenda al que todos nos parecemos tengamos ojos verdes, cafes, cabello chino o lacio, tez blanca o morena y que tampoco conocí pero que formó a su modo al amor de mi vida que es mi papá. Sin duda marcó una época y no se andaba con los empachos de hoy en día de "ay no la leche que sea light, el pan integral, debemos correr" jaja... un mito. Que padre que te cuentan esto y lo cuentas para todos nosotros.

Anonymous said...

Yo soy Hidalguense ja!
Buena historia

Rosalinda

Almita said...

Hola! Me encantó tu blog y la manera en que escribes, debo reconocer que varias veces mis companeros de trabajo me preguntaron que si de qué me reía y les tuve que ensenar tu blog. Llegué aquí por casualidad y ya soy tu fannss...saludos desde el desierto sonorense! Almita!** :)