Tuesday, November 24, 2009

Todas las chicas solteras

Hace unos meses, en el cumpleaños del gran Bobby, acudimos a cierto antro del poniente de la Ciudá para festejar a tan amado personaje. Previamente, hicimos dos paradas en sendos lugares de febril convivio, por lo que no necesitamos mucha cuerda entrada la noche para cometer actos de irresponsable ridiculez.

Como número principal de la noche, a mí se me ocurrió, no sé por qué demonios, brincar del sillón cuando transmitieron el video de "All the Single Ladies" en las pantallas del lugar, para inmediatamente comenzar a contonearme, con mi inmensa humanidad integrada, al ritmo de la morena melodía.

Mi perspectiva es que hice un numerazo digno de apertura de los MTV. La perspectiva real es que bailé de la chingada, pero que al menos hice reír a varios. Tal fue el éxito de la coreografía, que ya se me ha solicitado en otros lugares de perdición, y hasta en bodas en Acapulco. De hecho, está por cumplir las 100 representaciones, y pienso invitar a la real Beyoncé a que devele la placa.

Planteo todo este prólogo, porque el maestro WJPorter tuvo a bien mandarme un video... sublime, por decir lo menos. Pero esta mujer, a pesar de que parecía imposible, rebasó por mucho, mi pendejez explícita.







¡Sóoooobeseeee!


Para Miranda Hooker, miembro honoraria del club de los que nos pegamos donde sea, y cuyo presidente vitalicioso es Goofy.

Monday, November 23, 2009

El maestro del regateo

Hoy, en lunes de Korova, una lección de mi abuelo, una más, del máster del regateo:


Para Afif, una vez más. Y las que faltan.

Thursday, November 19, 2009

Alcohol mata farándula

PapáDios: Chanfle, dime tus pecados, hijo mío…
ChanfleII: No jefe, ps mire, verá que soy un poco temperamental, necio a madres, un tanto voluble, no me mido cuando de postres se trata… y me gusta… me gusta… me gusta OV7 padre.
PD: ¿Qué te gusta qué?
ChII: OV7.
PD: Chale hijo, está muy cabrón que te guste esa madre, arrepiéntete… (Nos ha quedado claro a través de la historia que Dios también se encabrona, ¿o no?)
ChII: ¡No, ni madres! Me arrepiento de la necedad, de los postres… y hasta de una que otra garra, pero de OV7, ¡ni madres jefe!
PD: No ps, si te gustan esas mierdas, no hay ni cómo hacerle. Al menos ya te agarré confesado.

Así sería (yo supongo) una confesión con el más grande si acaso yo tuviera que exponerle mis placeres culpables. Y como verán, de ese gusto perpetuo por OV7 no me avergonzaría.

Me declaro seguidor de OV7, desde sus tiempos en que mamonamente se hacían llamar Onda Vaselina, época en que su padrón constaba de 3 docenas de peladitos bailando cada quién con su cada cuál. La adolescencia fue aplicando la selección natural y el róster se fue depurando, hasta llegar a un punto donde quedaron 7 elementos.

Todos ellos tienen años más, años menos mi edad. Y definitivamente el factor carne fue decisivo para que siguiera de cerca sus cada uno de sus pasos a través de Telehit, en particular, los de Lidia Ávila, quien fungió durante tantos años como patrona de mis deseos más perturbadores (por no decir, patrona de mis…).

Musicalmente no era así como que me iba a sus conciertos a desbordarme cual groupie setentera, pero digamos que sí me sabía sus rolas por considerarlas pegajosonas a pesar de su ligereza excesiva, al grado que tengo una que otra en mi iPod.

Saco el tema a colación (nunca he entendido esa expresión), porque ayer fui a Galerías Insurgentes y al entrar a una tienda Steren me percaté que en el mostrador había una caja que promovía (es un decir), los discos de cierto “artista” (sin quitarle las comillas, por favor), llamado Ari Borovoy.

Así:

Ari Borovoy, para quienes no lo sepan, era un integrante de OV7 que mancilló sin cesar las carnes de Lidia Ávila y otras integrantes de la agrupación, y que tras la desintegración de la misma decidió, cómo de que no, lanzarse como solista.

Y ya saben cómo le hace Televisa para cumplir caprichitos. Cuando saben que alguien no va a pegar, le hace promoción hasta en sus programas más pedorros que llevan nombres como “Órale” o “Muévete”, y los ponen a decir cosas como: “Ay amigos, yo soy Ari Borovoy y les invito a que compren mi más reciente producción discográfica llamada “Pasajero”, y pues, se llama Pasajero porque éste es mi propio viaje, o sea, OV7 quedó en el pasado, y éste es mi propio camino, mi propia odisea de lo que yo soy pasajero, y éste… cuenta con arreglos del señor Memo Méndez Giui, tipazo, la verdad, y éste… estoy seguro que les va a gustar…”

(Enanos y vedettes bailan atrás con el afán de denotar alegría, cuando todos, hasta el ser con el más fétido de los gustos, sabe que el disco es una mierda y no tiene futuro)

El caso es que viendo la caja, me surgió la cosquillita de saber cuántos discos podría vender Ari Borovoy. Y sobre todo, cuánto éxito podría tener al venderse en una tienda Steren, donde sólo tienen teléfonos, cargadores y artículos por el estilo que comprarían ñores que definitivamente no se tirarían ni un pedo por adquirir “Pasajero” de Ari Borovoy.

Conté los discos de la cajita, y eran 9. Había sólo espacio para uno más.

Venta total de discos “Pasajero” de Ari Borovoy: uno.

Chale.

Y entonces le pregunté al joven que sale atrás en la gráfica. Oiga, ¿cuánto tiempo tiene esta caja de “Pasajero” de Ari Borovoy aquí en el mostrador?

“Uuuuy joven, así estaba el día que llegué a trabajar a esta tienda”. ¿Y hace cuánto llegaste?

“No, ps, hace más de 6 meses”.

Mensaje directo para Ari Borovoy. Maestro, si estás viendo este post, neto, manda a la chingada a tu encargado de mercadotecnia porque es un pendejo o te está viendo la cara, tu disco “Pasajero” debería estar en las tiendas de chicas deseosas de amor o de fantasías con famosos, o bien, de chavas más creciditas que te ubiquen por OV7, y no en una tienda donde sólo entran a comprar teléfonos.

Antes de partir, pregunté qué coños era el aparatito que se vendía al lado de “Pasajero” de Ari Borovoy. Y me dijeron que era un autoalcoholímetro portable, ajustable como llavero, producido para decirte con un foquito si pasas la prueba del Añejo, o si mejor te quedas otro rato en el bar mientras se te baja.

Una pinche maravilla.

Oiga joven, ¿cuántos de estos se venden al día? “Uuuuy joven, se venden como 3 al día”. ¡Huevos! ¿Y cuánto cuestan? “240 pesos”.

Alcohol mata farándula. Explotémoslo al máximo ese nicho de mercado.

PapáDios: Ari Borovoy, dime tus pecados hijo mío…
Ari Borovoy: Padre, saqué un disco de solista…
PD: ¿Qué?
Ari Borovoy: Sí, de solista…
PD: ¡Pero es que eres un pendejo! ¿Cómo se te ocurre sacar un disco de solista si OV7 pegó sólo porque es un producto perfectamente cuidado? ¿Quién te crees? ¿Fergie? (No, si Diosito le sabe a la música, ¿qué creen que sólo escucha Ray Coniff? No, ni madres).
Ari Borovoy: No jefe, y eso no es lo peor.
PD: ¿¿Quéee??
Ari Borovoy: Yo, yo manejé mi propia mercadotecnia…
PD: ¡No tienes madre!
Ari Borovoy: Es que gueeee, ¡soy un artista completo gueeee!

Moraleja: Si no sabes nadar ni te acerques a la alberca, quédate asoleando.


Para Julissa.

Friday, November 06, 2009

Güero cuando no llueve

Siempre quise ser güero.

Desconozco si el hecho de que de chavo alguien tuvo la (no-tan) ingeniosa idea de aclararme el pelo al grado de tenerlo tono Manzanilla Grisi haya influido en ese deseo oculto. Pudo ser también porque el tal Rodrigo, quien iba un año arriba de mí en la primaria, era güero, era cool porque le gustaba Nirvana y todas las chicas desvivían por él mientras a su servilleta sólo lo fumaba Martita la de la caja y nomás como por ternurita. Otra opción es que la tele, poderosa dama ella, me haya retacado de imágenes en que los exitosos eran güeros y no hubiera un personaje correspondiente a mi boligómica forma con visos de superación personal.

No lo sé, pero siempre quise ser güero.

Siempre quise ser güero, pero no por el camino que optó mi madre, quien según ella, “se me puso de ese color el pelo por el cloro de la alberca”. Cálmate má, como si hubiera ido diario a nadar con el miedo que me daba el agua. Esa güerez sólo causó burlas de parte de mis primas, especialmente de Ju. Claro, como si yo a los 3 o 4 años pude haber decidido ir al súper (al Sumesa, supongo), para comprar mi Manzanilla Grisi y exigir a mi madre, complaciendo ese incomprendido wannabismo, que me hiciera güerever2000.

Pero la vida siempre te da revanchas, y por eso existen las fiestas de disfraces de Inphidelio.

Para la tanda de Jalogüín la modalidad es libre, lo cual no siempre es bueno, pues uno se confía en que al final puedes agarrar cualquier máscara y ser el Hijo del Santo y con ello concretar el disfraz más pedorro en la historia de los disfraces. El doble filo es una constante en la modalidad libre, así que pensé en irme al extremo de lo ridículo.

Así fue como llegué a Casa Tostado, paraíso de la vestimenta teatral. De paso, tienen también botargas diversas, algunas muy pero muy tiradas a la mierda, pero otras cuantas bastante aplicables. Y para empezar, yo tenía en la mente un solo personaje:

Barney (Sí. Barney, el que es un dinosaurio que vive en nuestras mentes).

Procedí a pedir el disfraz de Barney y sentí mucha admiración por aquellos que se ponen una botarga por necesidad. Ah qué puto calor hace, increíble. Y peor fue cuando me puse la cabeza del dinosaurio y descubrí que eso y una caja de huevo El Campeón era lo mismo: no se veía ni se respiraba un carajo.

Así que aborté la opción Barney e intenté al Pato Donald. Traje de peluchito blanco, más un traje de marinerito muy puñal (como no me iba a poner eso, más bien contemplaba ser el Gansito Marinela). Sin embargo, cuando intenté colocarme lo que viene siendo el cabús del Pato, simplemente no me entró. Posdata, estoy más nalgón que el Pato Donald.

Procedí a pedir la de Tigger, y me quedó perfecto. Color naranja Jaguares de Chiapas, cómodo, me podía sentar y no tan acalorado. El inconveniente vino cuando quise montarme la cabezoa de Tigger y simplemente no entró. Y luego me dio más miedo que pudiera entrar y no salir, así que opté por no forzar el que pudo ser mi disfraz ideal.

Por último, me puse un traje de Winnie Pooh, pero como ahí era a huevo con el rostro destapado pues no me iba a librar de las fotos escasamente condescendientes y digamos que no, no era lo mío. Antes de salir decepcionado, el ñor de Casa Tostado me propuso un traje de ehikzio en 800 varos y le dije sí andale guey cómo no, ¿no le pierdes?

Pero como no soy ningún pendejo, sino que solamente tengo la cara, ya había contemplado una opción B. Era una alternativa que no implicara mucho riesgo, dinero y esfuerzo. Una celebridad que denotara un cambio, pero que tampoco implicara un extreme makeover. O sea, no Mijares, pero tampoco Ru Paul.

Decidido, me fui a la tienda de pelucas con dos rostros en la mente. Slash y Axl Rose. El primero tenía la dificultad de que no sólo necesitaba le peluca, sino algún sombrero de copa que hiciera más notorio el atuendo. Y Axl, en cambio, requería únicamente la peluca y un paliacate.

En la tienda del centro a la que acudí, me atendió con disposición una chica que pacientemente me mostró el rubio cenizo, rubio platinado, rubio Yuri, rubio cuandonollueve y finalmente rubio AxlRose.

Secuestrando miradas a mi paso a lo largo del localito, me miré al espejo, vi mi frustración hecha trizas y mis ansias calmadas. Ante los ojos de varias señoras de esas que llevan bolsa de mandado y monedero en mano, sólo atiné en pensar una cosa. No mames, de güero te ves de la riata.

Una vez llegada la cita, había al menos que tener actitud. Previamente fui al Chopo para comprar una playera de GunsNRoses y fortalecer el disfraz por si acaso salía un pepino a preguntar, tsñá, ¿y ése quién es? “¡Axl pendejoooo!, ¿qué no ves?".

Gracias a la playera, eso no sucedió.


A final de cuentas llegué ajuareado como Axl y pues sí, sí tuvo éxito. Hubo numerito, claro está, y hasta el lujo me di aventarme para un tremendo hand surf en la sala de Inphidelio. Pero como no hay público y en el sillón sólo estaba Diego medio borracho, pues sólo terminó aplastándolo y varios más me cayeron encima para una inefable bolita de la cual no salí lastimado.

(Noten cómo una estrella, sin importar lo ridículo de la circunstancia, nunca deja de cantar).

No faltaron los inadaptados sociales que pretendieron que mi peluca fuera de Laura León y no de Axl Rose. Vaya, los complací con unos quiebres de la Tesorito, pero nomás para calmar a las bases.

Al final, llegué a la conclusión de que ser güero no es lo mío. Menos con el pelo largo y con el rol de rockero noventero bastante “recuperadito”. Lo mío es el café popular, con todos sus pros y contras.

Definitivamente ser brunet es mucho mejor. A mí jamás me confundirán con Laura León.

Friday, October 23, 2009

Clasificaciones de mi abuela

Inevitablemente, uno clasifica a la gente que participa en su vida. Clasificamos las verduras, los animales y los hidrocarburos, ¿por qué no habríamos de clasificar a nuestra gente? Y dentro de ese microuniverso clasificatorio, yo tengo una división muy clara: la gente con la que me gusta estar, y la que no. Mi abuela, como ya lo habrán notado, es la emperatriz absoluta del primer grupo, y cada día me da nuevos elementos para atribuirle novedosos títulos nobiliarios.

Esta semana, comiendo con ella y mi hermano, fui testigo de honor de varias discusiones dignas de enmarcarlas en chapa de oro. Una de ellas fue la profundísima disertación acerca de la actuación de John Travolta en la película Subway 123. Mi abuela, distraída como ella sola, no recordaba el final, o eso decía Rodrigo, a quien le creo más... pero no tanto. Mi abuela rebautizó a Denzel Washington como John Washington, y luego John Hamilton. Después fue "el negrito". Al final me perdí entre tanto alarde cinematográfico tanto de mi abuela como de Rodrigo, porque la risa terminó empañando mi parabrisas mental.

Pero el comentario al que quiero hacer alusión vino un día después, cuando mi abuela me narró lo que había acontecido en La Academia (versión LXIII: demasiado viejos para seguir cantando). Cabe aclarar que las narraciones de mi abuela requieren un desciframiento muy cabrón, porque nunca se acuerda de ningún nombre, y a veces ni siquiera de la misma persona. Por ejemplo: "oye, ¿ya viste lo de Argentina?". ¿Qué de Argentina, abuela?. "Lo del gordo, ¿cómo se llama?". Maradona, abuela. "Sí, Maradona, que le dijo no sé qué al otro señor". ¿Qué señor abuela?. "Uno alto". Mmmmm... ¿Bilardo? "Ay, no sé". Entonces ¿para qué carajos me lo cuentas abuela, si ni te acuerdas?. "Es que tú sabes el nombre". ¡Sí sí, pero quieres que adivine de quién me vas a contar algo! "Por eso". Y así.

Entonces se arrancó a decirme que el güero éste de La Academia (Gavito, abuela), le dijo a Lola (Cortés) que los cantantes no sabían expresarse correctamente. Lola, que ahora es la directora, los defendía. Y entonces a Gavito se le ocurrió decir "haiga". Y que se para Lola y le arma un pancho.

De pronto a mí, que a veces se me olvida que mi abuela no entiende el concepto de hipertexto (bueno, a veces no entiende el concepto de foco), se me ocurrió interrumpirla para decirle que Gavito había descubierto a Molotov.

"Ah mira, tú".

Con recelosa duda, mi hermano se metió intempestivamente a la conversación y retador la cuestionó: "A que no sabes qué es Molotov". Y mi abuela, airosa ella, ave de tempestades, diva de lo intrascendente, dominadora del lenguaje, respondió muy altiva y orgullosa:

"Claro que sí. Es un conjunto".

Estruendosas carcajadas soltamos mi hermano y yo al mismo tiempo, y mi abuela con nosotros sin saber por qué. "Conjunto". No banda, no grupo. "Conjunto".

Es que la amé, diría mi prima Julié. ¿Por qué? Pues porque mi abuela, en su Encarta mental, clasificó a Molotov, que es así:


Igual que a esto:

O a esto:

O en una de ésas, hasta igual que esto:

Fin de la conversación, cierren las puertas. Con una palabra, mi abuela le ha declarado la guerra a la nomenclatura MTV, y sin piedad. Qué importan las clasificaciones, los conceptos, las etiquetas. Si todo es tan fácil como decir "conjunto". O tan fácil como iluminarme la vida con una palabra, algo que nadie puede hacer.

O a los 73 años, dejarse despeinarse o pegar o hasta alburear conmigo. O dejarse tomar esta foto para sus fans:

Es que la amé. Otra vez y siempre.


Para mi bisabuela María, madre de la madre de mi madre. Bendita sea ella, que está en el cielo.

Tuesday, October 20, 2009

Una larga línea de baba

Hablar de aviones me hizo recordar tantas estúpidas sensaciones que despierta el hecho de viajar por aire.

No sé por qué, pero es verdad, quien se sube a un avión estando soltero (o a veces sin siquiera estarlo), anhela fervientemente que a su lado se siente una celebridad, con la que afanosamente se pueda poner a platicar y le revele íntimos secretos del mundo de la farándula. Esto, con el propósito de ir a presumirlo en cuanto se baje del avión, o bien, convertirlo en un post años después.

El otro deseo oculto de todo pasajero aéreo es que a su lado se siente una bella damisela dispuesta a entablar una bonita conversación, intensa pero intrascendente, y que al final desemboque en lo que ha sido idealizado como una de las más añoradas pero improbables maneras de ligar.

Esto me vino a la mente porque hace algunos años, cuando todavía reporteaba, me mandaron al partido Culiacán vs. Pachuca. El vuelo era en un sábado, a las 2 de la tarde, pues el partido era a las 7, y mi regreso estaba programado al día siguiente muy temprano por la mañana. Llegué a la sala de abordar con una pequeña maleta en mano, y antes de desparramarme en algún lugar, analicé fríamente si había algún objetivo digno de rodear. Y que sí.

Blonda caballera, ojos pispiretos, menudo figurín, chai latte sin azúcar en mano, se hallaba una princesa sin guaruras ni ranas alrededor. Prego, caldufo por naturaleza, me senté a un par de lugares de ella en la sala de abordar, muy casual y discreto como soy yo, ya saben. Tiroteo de miradas atrabancadas y no hubo barreras de mamonería de por medio, al menos por el momento.

Clave es la línea que uno debe tirar de primera instancia, porque esa marcará la trayectoria del ligue en cuestión. Sin esperar ni pensarla mucho, volteé con mi batido de fresa con harta chantiyí en una mano, y con un grasiento panini de 3 quesos en la otra y le dije muy sutilmente: “Holaaaaaaaghhh” (en realidad sólo dije Hola, pero ps son los efectos especiales).

Habituado a la inexplicable pedantería de las chilangas, la chica en cuestión sonrió de inmediato y se armó la conversación. Resulta que venía de sus vacaciones en Cancún, y estaba haciendo escala en México. Culichi de nacimiento, estudiaba medicina en la capital sinaloense, y ya estaba por acabar la carrera. Yo le tiré el choro éste de que trabajaba para un periódico, vinieron las 5 o 6 preguntas idiotas que todo desinteresado en mi chamba hace de rigor para aparentar que le importa aunque en el fondo le vale madres, y de repente ya estaba el peloteo y ni siquiera habíamos trepado al avión.

¿Qué asiento tienes? Era algo así como 13B, y yo tenía un 12A, por ahí, el caso es que era sólo una fila de distancia. Perfecto, pensé. No se verá tan aborazado que me cambie una fila para estar junto a ella. Caminamos muy románticamente el túnel rumbo al avión, y estaba a punto de sentirme George Clooney de no haber sido por la perejila que muy poco sutil me pidió: ¿Sí podría tirar su sangüis defavor? “Ehh, jeje, por supuesto”, respondí, sin perder el estilo ni el hilito de manchego que escurría bajo la servilleta.

Ya en el avión no había mucha gente, así que no hubo mayor problema para sentarme en el pasillo de la fila en la que ella iba en ventana. Ahora, lo que procedía, era justificar mi atragante y pedirle el teléfono en algún momento. Definitivamente ése era el momento cumbre, pues ahí sabría si todo el numerito de la sala de abordar y el cambio de asiento iba a servir de algo. Ella no era precisamente la más platicadora, pero sabía que yo iba por sólo una noche a Culiacán, y hasta el momento no había vestigios de esposo, novio o chimpancé en ninguna de sus anécdotas. Yo me seguí de frente, y le propuse ir a cenar después del partido. Mágicamente, ella accedió, me dio su teléfono, le di el mío, y pactamos el generalísimo “nos hablamos”. A huevo que le iba a hablar. Nunca he sido el tipo más hábil para ligar, pero finalmente el destino me estaba premiando con un encuentro casual, ligero, fluido y sin complicaciones.

Aterrizamos en Culiacán, y nos separamos cuando yo me dirigí a la fila de los taxis. De repente, alguien me tocó el hombro y era ella para decirme que ahí estaba su mamá, y que si quería un aventón. Pues encantado de la vida, faltaba más conocer a la suegra.

Mis días como reportero y como ser humano en esta Tierra sufrieron un brutal cambio de expectativa cuando caminaba rumbo a la salida y vi que ahí estaba la suegra, pero la suegra de un cabrón como 10 centímetros más alto que yo, 20 kilos más pesado que yo, con un bigote 30 veces más tupido que el mío, y con una jeta 100 más larga que la línea de baba que escurría desde el interior del Aeropuerto.

“Te presento a mi mamá, y te presento a mi novio”, dijo cándida, la hija de la chingada. “Él es Miguel, viene al partido de Dorados, trabaja para un periódico y ¡va a hacer las entrevistas! ¿No está padrísimo?”.

Yo no sabía si ella era cabrona o muy, pero muy pendeja. Y no sabía si salir corriendo, tomar el avión de regreso a México, o comprar una costilla, quitarle la carne, y comerme el puro hueso pa’que se me atorara en el cogote por pinche hocicón. Ya en la escena, no me quedó otra más que aguantar vara y callarme hasta llegar al hotel, en espera de que el cabrón éste no fuera un matón o un narco, en el mejor de los casos.

Me dirigí hacia la puerta trasera de su Sentra, pero ella, que era la imprudencia hecha persona, me propuso muy campante “No no no, vete tú adelante, estás muy grandote, acá no cabes”. Ejejeje… gulp.

De estar en un avión ligando, me encontraba en un Sentra, con un cabrón encabronado manejando, con una guacamaya aventándome a las vías del tren, y yo rezando por mi vida. Y todo porque minuto que pasaba, minuto que la pendeja ésta hacía el ambiente un poquito más incómodo.

“Ay amor, Miguel estudió en la Ibero, ¿cómo ves?”. No, pos muy bien. “Ay Miguel, mi novio estudió en el Tec, jugaba linebacker de los Borregos, ¿cómo ves?”. No, ps bien, bárbaro (llanto eterno en mi alma). “Ay amor, Miguel escribe en un periódico, ¿tú siempre has querido escribir en uno ¿no?”. Ajá. “Ay Miguel, acá casi no hay trabajo de eso, ¿tú crees?”.

Por fin, después de un trayecto que seguramente fue de 20 minutos pero que a mí me pareció de 4 horas, llegué al hotel. Me bajé ipsofacto, le di las gracias al linebacker y a su suegra, y ella también descendió del coche, para darme, toda efusiva, un abrazo de despedida. Sí sí, linda muy linda, huida a derecha de escena.

Acostado en la cama del hotel, comencé a reflexionar dónde me había equivocado, o qué señal había pescado mal. Y llegué a la conclusión de que esta vieja no era cabrona, sino muy pendeja, y que todo había sido un malentendido, o en dado caso, mis capacidades histriónicas de ligue no fueron lo suficientemente contundentes.

Me fui al partido, mandé mis notas, y en el taxi de regreso al hotel, recibí una llamada de un número local en Culiacán. Era esta chica, muy fresca ella, hablándome para ver a dónde íbamos a cenar y a qué hora nos veíamos.

Habiéndome identificado el novio, sabiendo dónde me quedaba, para quién trabajaba y a qué hora me regresaba, no me tardé mucho en decirle “no, gracias, estoy muy cansado, mejor otro día que venga” (que en mi pueblo significa “pinche vieja, ¿estás idiota o estás orate?, tienes novio y me conoce, y además vives en Culiacán, donde según dicen, sólo matan por drogas o por mujeres).

Así, llegué a la conclusión de que encuentros amorosos en un avión sólo suceden si hay tres factores: si estás en una película, si eres George Clooney, y si el guión está escrito por... George Clooney.

De otra forma, se queda en fantasía.


Para la chica, cuyo nombre por cierto ya no recuerdo.

Friday, October 16, 2009

La mordida

No sé si alguno de ustedes sea una de las 127 millones de personas que ya vieron este video:



Todo aquel que tenga un hermano (sanguíneo o no) podrá entender lo que acaba de ver. Entre los hermanos hay una relación de complicidad muy extraña, en la que a veces uno cede y el otro se pasa de tueste, y aunque siempre hay un "guey, te la mamaste", también hay un "ya guey, no es para tanto". Y sus derivados.

En el fondo, la historias de comprensión y perdón entre hermanos son las que deben sobreponerse en la vida, porque los papás se fueron antes, los hijos vienen después y las parejas se van cuando quieren. En el fondo, los hermanos están hechas para estar ahí toda la vida, aunque te muerdan el dedo y se caguen de la risa.


Para el mío.